DIOS QUIERE TUS CENIZAS

El no desprecia las cenizas.

1/11/20262 min read

Cuando Dios todavía quiere lo que quedó de ti

Esto es clave: Dios no desprecia las cenizas.

Nosotros sí. Nosotros solemos medir la vida espiritual por intensidad, claridad, constancia, resultados visibles. Valoramos la llama encendida, el entusiasmo perceptible, la disciplina impecable. Cuando eso desaparece. Cuando solo queda cansancio, sequedad, confusión, recaídas; asumimos que algo esencial se perdió, que ya no hay nada digno que ofrecerle a Dios.

Pero Dios no mira como nosotros miramos.

Hay temporadas donde no sentimos nada. Donde la oración se vuelve un murmullo sin fuerza. Donde abrimos la Escritura y parece que las palabras no atraviesan la mente ni el corazón. Donde las luchas que creíamos vencidas regresan con una crudeza humillante. Y ahí, justo ahí, el alma se vuelve vulnerable a una mentira antigua:

“Ya no hay fuego en ti. Ya no eres el mismo. Ya no sirves como antes. Dios ya no está interesado.”

Esa voz no viene del Espíritu.

Viene del acusador.

La Escritura, sin embargo, narra una historia completamente distinta. Una historia donde Dios no abandona cuando la llama es pequeña, ni se retira cuando el brillo se apaga, ni exige espectáculo espiritual para permanecer cerca. Al contrario: Dios suele encender su obra más profunda precisamente donde todo parece reducido a ceniza.

Y lo dice explícitamente:

“A ordenar que a los afligidos de Sion se les dé gloria en lugar de ceniza, óleo de gozo en lugar de luto, manto de alegría en lugar de espíritu angustiado.” (Isaías 61:3)

Dios no solo acepta las cenizas: las intercambia.

No las desprecia: las transforma.

No las ignora: las redime.

Las cenizas no son necesariamente señal de muerte espiritual. Muchas veces son evidencia de que hubo fuego real, de que algo ardió con autenticidad, de que el corazón fue consumido por amor, por entrega, por obediencia, por lucha sincera. Las cenizas hablan de desgaste, de batalla, de tiempo invertido, de sacrificio silencioso. No son fracaso: son huella.

Y Dios es experto en trabajar con restos.

Desde el polvo formó al hombre.

Desde la nada llamó la creación.

Desde una cruz levantó la gloria.

Desde una tumba sellada inauguró la vida eterna.

No le intimida la fragilidad. No le repugna la ruina. No se retira ante lo pequeño. Donde nosotros vemos final, Dios ve materia prima para resurrección.

Por eso la promesa es tan tierna como poderosa:

“No aplastará al débil, ni apagará la mecha que aún humea.” (Isaías 42:3, TLA)

Este no es un Dios que presiona la llama.

Es un Dios que protege la chispa.

No exige fuerza cuando hay debilidad.

No apaga lo que apenas respira.

Dios no desprecia lo que está frágil.

Dios no abandona lo que parece insignificante.

Dios guarda la llama cuando ya casi no se ve.

Y quizá eso redefine por completo nuestra idea de pasión espiritual.

A veces el fuego no ruge: apenas respira.

Pero cuando Dios sopla, incluso la ceniza recuerda cómo arder.

Lo que parecía apagado despierta, lo que parecía perdido vuelve a encender, sostenido por la fidelidad de un Dios que jamás suelta a los suyos.

Si hoy solo tienes cenizas, no te retires.

Si solo puedes ofrecer restos, entrégalos.

Si apenas queda un humo tenue, preséntalo.

Porque Dios todavía quiere lo que quedó de ti.

Y donde Él sopla, incluso la ceniza puede volver a encender.

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